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Por Valeria España

Sus imágenes han dado vuelta al mundo. Sin embargo, hoy parece más lejano que nunca ese territorio cubierto de montañas, aquellos pueblos de tierra caliente, de veredas humeantes.
Iguala de la Independencia, Chilpancingo de los Bravo, Tixtla de Guerrero, Acapulco de Juárez y tantas ciudades más del sureste mexicano -que representan aquellos sueños de gloria, de aspiraciones libertarias, donde se gestaron los “sentimientos de la Nación”- hoy son verdaderos laberintos de la “Santa Muerte”, donde la vida no vale nada y se impone sin tapujos la ley de la narcopolítica.
Las “elites” guerrerenses, mezquinas y mediocres, justifican la desigualdad inexplicable; les preocupa lo que puedan hacer esos indios alzados, esos delincuentes rurales de ideas raras, zurdas. “¡Que los limpien a todos!”, dicen algunos.
Ante la impotencia y la impunidad se resisten familiares de víctimas de la narcoguerra y grupos de autodefensa. Estos últimos, en principio armados precariamente con palos y escopetas, hoy poseen armas de grueso calibre. Se libra entonces una batalla que alimenta las fosas clandestinas, entre la falta de agua potable y el intenso trasiego de goma de opio y amapola, en el que el principal interesado es Estados Unidos.
La opresión y la violencia han desbordado el territorio. Guerrero es el epítome de la pobreza y la violencia estructural de ese México que les duele a millones de mexicanos, que le duele a Latinoamérica.
Estamos a punto de cumplir 3 años del ataque a los estudiantes de la Escuela Rural de Ayotzinapa. Ese hecho desató la indignación y el dolor acumulados, la atención de la comunidad internacional, el pronunciamiento de organismos y expertos en derechos humanos.
¿Qué diferencia existe entre los homicidios y las desapariciones forzadas de aquel 26 de setiembre y los más de 30.000 homicidios o las más de 200.000 desapariciones de los últimos años? Hay muchas respuestas, pero señalo una específicamente: la fuerza con que el mundo ha desnudado la mentira que se ha querido vender por tantos años, la ilusión del México moderno, democrático, de instituciones, con cartas credenciales suficientes para presidir la Alianza por el Gobierno Abierto y otros tantos espacios internacionales.
A las manifestaciones de indignación, las voces de rabia, las denuncias, los análisis, las mesas de discusión, las coberturas periodísticas en todo el mundo, se ha sumado una crisis en el interior del país, la infiltración de militares vestidos de civiles en las manifestaciones pacíficas, la criminalización de la protesta. Se vive una confrontación social que desnuda el clasismo anquilosado de la sociedad mexicana, una sociedad rota por el racismo, por los privilegios de un puñado, por la negación de las raíces indígenas, cortadas al medio, desmembradas por la herida colonial.
De las 32 entidades federativas que forman México (31 estados y la Ciudad de México, la capital), en 16 se ha registrado presencia de grupos de autodefensa. Expertos han advertido que existen condiciones para que en cualquier momento estalle una guerra civil en el país (“lo estamos viendo en Michoacán, en Tamaulipas, en Guerrero; existen en más de la mitad del país este tipo de grupos y conflictos permanentes”, dijo el académico y activista José Francisco Gallardo), mientras que el principal soporte de Enrique Peña Nieto en la presidencia de la República son las Fuerzas Armadas.
A este escenario se suman aniversarios simbólicos de mucho peso: 20 años del movimiento zapatista, 46 años de Tlatelolco, 104 años de la Revolución Mexicana, la primera revolución social del siglo XX.
No hay respuestas sobre lo que vaya a pasar. Cada día hay algo nuevo. Nuevas evidencias de corrupción, de fraude, de robo, más heridos, muertos, desapariciones y secuestros. Ciudad de México también es un polvorín.
Millones de personas en México y en todo el mundo siguen marchando; se anidan en sus pensamientos las ganas de volver el tiempo atrás, la impotencia por haber llegado a este punto, la esperanza de poner fin a la violencia. Los cánticos evocan el hallazgo de los desaparecidos, que las fosas no sigan alimentándose de carne inocente, como si fuera posible detener con suspiros todos los episodios en los que las llamas devoran huesos y calcinan corazones. Las voces gritan para que desaparezca la certeza vergonzosa de que lo único que queda de la sonrisa de miles de hombres y mujeres son los dientes que identifican los peritos forenses.
Todas las puertas democráticas posibles están cerradas porque reina el pacto por la impunidad. El capitalismo a la mexicana muestra su rostro más violento: el cancerbero sigue ahí, el diablo tiembla, parece que hablara, como dijo Sayak Valencia: “Durante décadas, se temía que se colombianizara México, ahora lo que nos da miedo es que se mexicanice el infierno”.
Si las millones de voces silenciadas dijeran presente, ¿sería inevitable cambiar la realidad? ¿Cómo empezar la cuenta regresiva hacia una auténtica transformación? El México mutilado ¿cómo podrá resurgir de las cenizas?
“Allá en el sur del alma / es posible que hayan / extraviado la brújula / y hoy vaguen preguntando / preguntando”.
Mario Benedetti.
*El artículo fue publicado originalmente en La Diaria. En este sitio se reproduce el artículo con autorización de la autora.

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