por Valeria Guerra

@guerravaleria

 

¿Quién extrañó el festival de la escuela de sus hijos? ¿Tú? ¿Que HOY los tienes dándose a manos llenas a ti, con toda su esencia y conociéndolos al máximo? Muchas personas, gracias al COVID, por fin se dieron cuenta que el problema no era la maestra, ¡sino que era su hijo! Otras descubrieron lo responsables que son sus hijos al autorregular sus horas de estudio. Y, otras más, se están dando el tiempo para escucharlos y conocerlos por primera vez. Hoy como nunca, padres e hijos estamos conviviendo de nuevas maneras.

Este fin de semana pasado cumplimos 9 semanas de estar en “cuarentena”; ¿pero no eran 40 días? Me pregunta constantemente mi hijo de diez años. Hace dos meses estamos en casa, malabareando las labores domésticas, el trabajo, y aquellos con hijos, sus escuelas y las emociones de todos. Y sin meterme a detalle de la presión económica.

Al principio me parecía una historia del terror: ¿cómo íbamos a lograr vivir el día a día? Seis en casa y cada uno necesitando una computadora o tableta, internet de alta velocidad y un espacio propio. Tuvimos que hacer ajustes de mobiliario, improvisar escritorios, inventar canchas de futbol, salón de baile, y lugar de juego; todo en un mismo espacio.

De esa historia, hoy solo queda el miedo a la rutina; el cansarnos de lo mismo tantos días. La historia se ha tornado tranquila, con algo de luz y esperanza.  He aprendido a reconocer en cada uno de mis hijos sus habilidades y sus puntos más vulnerables (que no conocía, porque vivían entra la escuela y sus clases). Volvimos a jugar juegos de mesa, cocinar juntos, y leer hasta aburrirnos. Nuestra hija pequeña, le preguntó a su papa, si era bueno aburrirse. ¡QUÉ REGALO! ¡Qué regalo, que se lo preguntara, qué regalo que lo pensara y qué mejor regalo que se aburriera!

Teniendo a mis hijos libres, sin compromisos sociales, sin presiones externas, sin amigos o familia extendida; la creatividad se ha incrementado. Han hecho planes de negocio, hemos escalado el cerro más cercano a nuestra casa, hemos andado en bici todos juntos, inventado platillos, concursos de países y, de vez en cuando -o más seguido-, nos damos tiempo libre. Nadie sabe de nadie más, hasta que a alguno le da hambre o se aburrió de sí mismo.

Cuando me acordé de que venía ya el día de las madres, vino a mí un pensamiento de prisa, de acordarme del festival; arreglarme para ir a ver cantar a mis hijos. Y definitivamente, me dio alivio pensar que este año no habría festival. Este 10 de mayo, los tuve en casa, festejándome, creando, haciendo y dándose a mí con toda su esencia. Este 10 de mayo, no solo fue el día de las madres, fue un día de todos, para todos.

¿Qué sigue?, ¿Qué podemos aprender de todo esto? Nada me gustaría más que en los hogares se tome consciencia, de que la casa es de todas y todos. No solo de las madres, que hoy en esta cuarentena, por las noticias internacionales, escuchamos que están sobresaturadas. Las labores de casa siempre han sido de todos, sin embargo, históricamente se las fuimos cargando a las mujeres. Según un estudio sobre la banca, a nivel mundial, en las parejas millenials, en el 30% de ellas, la mujer es la proveedora principal. Esto nos da para pensar que, así como ambos hombres y mujeres traemos el ingreso a casa, ambos tendríamos que apoyar con el cuidado de los hijos y labores de casa.  Estamos educando a la siguiente generación, en donde espero, se celebre igual el día de la Madre como el del Padre.

 

Ilustración de Camila Aravena