Estas agotado y los párpados comienzan a cerrarse. Caminas a tu cama y por inmisericorde coincidencia, en el momento en que depositas tu cabeza en la almohada, comienzas a imaginar mil escenarios. En todos, tu eres el protagonista. ¿Y si me muero de Covid?

Bueno, te respondes, es poco probable, buscando algo de solaz en la obscuridad de la ciudad. Pero quizás no lo sea. Y piensas en el futuro sin ti. Entonces el insomnio es una certeza. De las reflexiones mortuorias, pasas al presente inmediato y a los pendientes que no tienes y los que hubieras podido tener. Recuerdas las cuentas y los desembolsos que debes realizar. Y una angustia, pequeña pero corrosiva, se arrastra como gusano. Porque no sabes cuando terminará esto. Y si se extiende, tienes la seguridad que no llegarás a las próximos pagos.

Imaginas las ideas de tus amigos y vecinos. ¿Y ellos, estarán igual que yo, sumidos en esta obscuridad? Tal vez duerman plácidos, más ciertos de sí mismos. No lo sabes, pero especulas. Porque es común mostrar buena cara al mal tiempo, y a nadie le gusta exhibirse vulnerable.

Pero estamos en lo mismo, te respondes. La espera es igual de delirante para todos. Para ese entonces, la almohada más que tibia, arde. Asumes con resignación que ya no dormirás y la noche se convierte en un agónico amanecer. Y concluyes que mal de muchos, consuelo de tontos. Así que no te da paz pensar en que todos están igual, al contrario ¡Qué mierda que todo el mundo esté deprimido!

La nueva norma es post-covid. ¿Y el instante, que hacemos con él? Paciencia, que de esto saldremos nuevos. ¿En serio? Hay que tener buena disposición ante la adversidad. Han habido peores, mucho peores. Ya lo sabes, pero aún así, este reto individual es como vivir en una bruma caldosa. Y entiendes la contradicción implícita de la circunstancia: para ser, no debes ser. Mala fortuna de los tiempos. Nuestro mayor reto es la incertidumbre.

Ya estas levantado, evidentemente. La noche es muy distinta, quizás el viento de estos días te acompaña. Buscas sacar provecho al tiempo sin tiempo. Pero todo es ocioso. Tal vez sea depresión, hartazgo o simplemente el hecho de vivir sin calendario, lo que te tiene tan pasmado, como una estatua de sal.

Las emociones están en constantes precipicios y es fácil cambiar de estado de ánimo de un momento a otro. La noche la sientes inquieta, como tú. No reflexionas sobre el pasado, que supones bueno, ¿en serio? Ni en el futuro, una flor de primavera, ¿de verdad?

Son letargo, tu y tus pensamientos. Tratas de leer y escribir algo, para darle contenido al pasmo. Nada. Un punto fijo en la pared. Así estás, en agua quieta. Comienza el cielo a clarear y te lamentas. No de la noche, sino de lo agotado que estarás en el día.

 

Foto: ANDINA/Luis Iparraguirre