Nepantla es un estado de incertidumbre y de neutralidad, que no olvida, pero no asume; que no aprehende y no suelta. La transición de lo propio a lo ajeno, el momento preciso en que no se ha abandonado lo pasado y tampoco se ha adoptado lo nuevo. Una especie de letargo del que vive en medio de dos cosmologías y dos misterios contrapuestos. Aun y cuando la indecisión es angustiosa, para los indígenas mesoamericanos no les fue imposible vivir en un estado de aparente irresolución. El cristianismo con sus orígenes sangrientos, sus rituales y un sinfín de santos, fue incorporado por los indígenas, durante muchos años e incluso en la actualidad, a sus creencias originarias.

Doce frailes franciscanos conversaron con sabios indígenas en 1524. Después de las armas vino la palabra en forma de cruz y el evangelio se propaló por toda Mesoamérica. Estos doce cristianos, número que recuerda a los apóstoles, buscaron convencer a los Tlamatinimes, los sabios de palabra y sacerdotes de la religión prehispánica, sobre la existencia del “Dios verdadero, señor que gobierna, en todas partes, en el cielo, en la tierra, en la región de los muertos, el Dador de vida”.

Esta charla, primera registrada en palabra escrita, que da cuenta sobre el intercambio de ideas entre indígenas y evangelizadores, luego de conquistada Tenochtitlán, se perdió en la obscuridad durante cuarenta años. En 1564 en el Colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco, Sahagún halló los manuscritos de esos diálogos escritos en náhuatl y, encargó a varios indígenas versados en la lengua, hacer su transcripción. Luego se volvieron a perder, hasta que en los años veinte del Siglo pasado fueron descubiertos en el Archivo Secreto del Vaticano. 

Sahagún encargó la transcripción de los Colloquios, entre otros, a Antonio Valeriano. Indígena originario de Azcapotzalco, que nació justo después de la caída de la capital mexica. Fue gobernador de su población natal y a partir de 1570, gobernó a los indios de México-Tenochtitlan, hasta su muerte en 1605. Se le atribuye haber escrito el Nican Mopohua, relato indígena sobre la aparición de la Virgen de Guadalupe en 1531. Valeriano es un personaje por demás relevante, porque en él se puede sublimar la transición cultural que produjo la conquista y como indígena, fue un vehículo de ese proceso histórico.

El Libro de los Colloquios narra un diálogo entre misioneros católicos y sacerdotes mexicas que, a decir de Daniele Dehouve fue uno de sordos, porque para los primeros se trató de una disputa didáctica, mientras que para los segundos fue un discurso ceremonial. Es decir, sus palabras tenían una estructura e intencionalidad diferentes. Los franciscanos buscaron explicar y convencer, como propósito último de la evangelización, la razón de su venida, la palabra divina, teutlahtolli y, sobre todo, el Dios cristiano, el inventor de la gente, de los macehuales.

Los frailes utilizan fórmulas reverenciales y expresiones indígenas, como en el Nican Mopohua que al relatar la primera aparición de la Virgen de Guadalupe, le dice a Juan Diego que es ella “su madrecita de él, Dios verdadero, Dador de vida, Ipolnemohuani”. O en el Libro de los Colloquios, los misioneros refieren que vienen en nombre del Papa, para que pudieran conocer al “señor que gobierna, en todas partes, en el cielo, la tierra, en la región de los muertos”, lo que es un claro referente a la cosmovisión mesoamericana sobre las niveles del universo. De esto surge preguntarse si ¿fue la intención de los evangelizadores combinar semánticas religiosas, con el propósito de hacer entendible su mensaje, o fue labor de los intérpretes y traductores? De esto depende, en mucho, el arraigo de las creencias y la mimetización de los símbolos religiosos.

La respuesta de los tlamantinimes es profunda y desgarradora. En el capítulo VII de los Colloquios, le dicen a los misioneros que no aceptan ni sus prédicas ni a su Dios. Les responden que sus dioses los merecen desde que era de noche, en el origen del tiempo; que sus progenitores, sus abuelos, les dieron su norma de vida y fueron reverenciados; que sus dioses, poseen las cosas y son dueños de ellas y se les debe la vida, el nacer, el crecer. Dicen, que ya es bastante que les hayan quitado el mando, y les piden “no hagáis algo que acarreé la desgracia…, que (haga al pueblo) perecer”. Los indígenas se saben derrotados, pero sus sacerdotes comprenden que no deben dejar a sus creadores, los dioses de sus abuelos. Hay en este capítulo una enorme tristeza en la resistencia por no abandonar el pasado, por aferrarse a su lugar en el mundo y por sobrevivir en las creencias que los definen. Le temían al enojo de los dioses y de forma velada, advierten que el pueblo podría levantarse, si les pidieran no invocarlos.

El Libro de los Colloquios y el Nican Mopohua, son muestras de la transición cultural, en donde se aprecia la insistencia en conservar los dioses antiguos y la forma en que el cristianismo buscó penetrar en la religión de los indígenas. En ambos casos, la palabra es relevante, porque hayan sido los misioneros, los intérpretes o el traductor, en el mensaje se cifran la viejas certezas, los antiguos símbolos y los dioses primeros. La evangelización, algunas veces masiva, se soportó en la estructura de las creencias mesoamericanas y en su firmeza, surgió el nepantla, estar en medio. En ello, proliferaron los cultos de sustitución.

El encuentro violento de dos culturas y la imposición de una sobre la otra, la refleja Fray Diego Durán, cuando al reprender a un indígena sabio, éste le contesta “padre, no te espantes pues todavía estamos en nepantla…, de manera que aún estaban neutros, que ni bien acudían a la una ley ni a la otra, o por mejor decir que creían en Dios y que juntamente acudían a sus costumbres antiguas y ritos del demonio”.

Nepantla es un estado de indefinición e imprecisión, pero del tránsito migró a una cualidad permanente que describe y define una cultura compuesta por dos orígenes. Antonio Valeriano, el traductor o escritor del Libro de los Colloquios y del Nican Mopohua, puede ser un buen ejemplo de la certeza del nepantla. 

Una versión reducida de este texto, apareció en La Semanal, de la Jornada.

 

Imagen: Grabado de Theodor de Bry,

siglo XVII. Col. JEOL