Asumimos con mucha liberalidad que el mundo post Covid-19 va a cambiar. En muchos casos se trata de ilusiones por configurar una vida mejor, más humana y menos individualista. En otros, pensadores encumbrados asumen conocer con precisión las formas en que se dará ese cambio. Pero olvidamos con mucha frecuencia, que la historia es buena compañera y mejor maestra. En su lecciones, nos enseña que las transformaciones son pausadas y más que quiebres abruptos, lo que hay son procesos con muchas y muy variadas mutaciones.

Los cambios en la historia son lentos. Aun cuando existen eventos de enorme relevancia que implican rupturas en los procesos históricos, sus consecuencias se miran a la distancia. Por ejemplo, la transición de la Edad Media a la Edad Moderna no se dio ante la reconquista española, el descubrimiento (o invención) de América o la caída del Imperio Romano de Oriente. Claro que esos eventos, relevantes en sí mismos, comprendieron modificaciones sustanciales y rompimientos de enorme importancia. Pero no son actas de nacimiento y defunción. 

Un evento que precipitó el surgimiento de la modernidad fue la epidemia de la Peste Negra o bubónica en Europa a mediados del Siglo XIV. Sus derivaciones fueron tan grandes, que la realidad social, política y económica no volvió a ser la misma. No quiero decir que esa haya sido la causa única del desvanecimiento de la Edad Media, sino que demostró sus crisis estructurales.

Además de la caída estrepitosa de la población (murió alrededor del 40%), existió un movimiento demográfico del campo a la ciudad y a la inversa. Unos en búsqueda de médicos, los otros para salvarse de la peste en los grandes espacios del campo. Esto provocó el colapso de las estructuras feudales. Entre otras cosas, se desarticuló el mundo rural, que fue la base de la sociedad medieval. Los campesinos que lograron sobrevivir tuvieron que acomodarse a la nueva realidad y vivir en función de un salario o un jornal. Con ello, surgió la burguesía, el comercio internacional a gran escala y el Estado moderno.

Como un gran proceso histórico, el fin de la Edad Media tiene que mirarse como uno lento y pausado, con muchas causas y derivaciones. Quizás pueda plantearse, como dice mi profesor, el historiador Armando Pavón, que el proceso corrió de 1348 a 1492. Y aún así, el mismo concepto de Edad Media es artificioso, euro centrista y forzado.

La historia no se repite, y por más que se pretendan encontrar paralelismos a eventos que, en principio, pudieran parecer similares, nunca se reiteran las circunstancias y los contextos. Es obvio que el mundo y su sociedad no son los mismos ahora que en el Siglo XIV. Somos, eso sí, más responsables que entonces, por las desigualdades y las injusticias. Les llevamos 600 años de aprendizaje.

Lo que sí podemos reflexionar, a partir de la peste negra, es que estamos insertos en un proceso histórico, siempre lo estamos. Y como entonces, el Coronavirus tal vez sea un reflejo de una crisis mucho más profunda. Una crisis de un modelo implantado hace más de 200 años, que privilegia al individuo por encima de la comunidad; que coloca al capital como la más alta prioridad. Puede ser que seamos la generación de la transición de un periodo histórico a otro.

Ignoramos qué deparará esta crisis y cuáles serán sus consecuencias. Tampoco si su santo y seña será tal, que modifique las estructurales políticas, sociales y económicas. Lo más probable es que no sea de inmediato. Puede significar el inicio del término de un periodo o un reflejo más de una época convulsa. No lo sabemos. 

Así estamos, parados en medio de una crisis de la que sabemos muy poco. Estamos de pie (eso quisiera pensar) en la barca de la historia. No sabemos si recién zarpamos, a media tormenta o prontos a llegar.

Mientras tanto, en la incertidumbre del tiempo, tenemos el ahora.