Resulta indudable que hay una profunda polarización en México. Y si no es evidente, es cuando menos palpable. De alguna forma u otra nos vemos orillados a tomar partido. En ocasiones somos causantes de esa división, pero la mayor de las veces víctimas de un diálogo de absolutos, en el que no hay espacio para el punto medio.

Y razones de esa polarización puede haber muchas: el desencanto con la democracia, el mediocre desempeño de la economía, el nocivo y perverso binomio pobreza y privilegios, la impunidad que es probablemente la madre de todos los vicios, el famélico estado de derecho y la violencia. Y de cada una, muchas causas urgentes de atender.

Pero no hay duda que el responsable del estado de polarización es López Obrador. Y el fondo en realidad, parece ser simple. ¿Para qué divide el Presidente? Primero porque al fragmentar con su discurso, sus partidarios y contrarios se hacen evidentes. Es decir, quienes están y quienes no con él. De ahí, que en la polarización resulta fácil el contraste. Dicho de otra forma, es muy hábil en presentar lo que es propio de lo ajeno. Y más que una causa, un medio, es la forma en que contrasta. Todo lo articula en términos morales, del bien contra el mal.

Y una vez que está dividida la sociedad entre buenos y malos, todo es posible. ¿Quién quiere estar en contra de la historia, de la transformación, de ayudar a los pobres, de refundar la República y mucho más? En una sociedad tan infectada por la política, el crimen, la desigualdad y la impunidad, el discurso polarizante entre buenos y malos es tierra fértil para cualquier cosa. Incluso para atentar en contra de los propios fundamentos sociales. Y en ello, cualquier excusa es válida, porque lo que se trata es de cambiar esos fundamentos. La justificación absoluta.

Las cajas de resonancia irreflexivas en redes sociales y medios de comunicación que sin juicio defienden el proyecto del Presidente, no caen en cuenta que le hacen daño a aquello que pretenden apoyar. Al igual que quienes irreflexivamente lo desdeñan. Solo en la razón, el argumento, la reflexión y el contraste de visiones, es posible pensar en un futuro mejor.

Hemos caído todos en el juego de polarización. Salgamos de ahí, porque México es mucho más que eso. Ser crítico con quien detenta el poder, parece olvidarse, lo obliga a ser mejor. El país no necesita porristas ni inquisidores, le urge ciudadanos comprometidos y dispuestos a exigir.