Dice Jesús Reyes Heroles (El liberalismo mexicano) que antes de convertirnos en un Estado independiente, existía lo que el llama “determinismo constitucional”, que quiere decir, que “basta con que la Constitución impere para que todos los problemas desaparezcan”. Algo así como una generación espontánea por la cual en el simple hecho de su existencia, la Constitución arregla lo que debe de arreglar y el futuro se compone como por arte de magia.

Una Constitución, con miles de significados e intenciones, tiene como propósito central proteger los derechos humanos y ordenar y limitar el ejercicio legítimo del poder. También es el reflejo de un proceso histórico determinado y de una visión (política e ideológica) sobre el futuro del país.

En el Siglo XXI o mejor sería decir, en todo lo que llevamos de vida independiente, no hemos dejado de ser deterministas cuando pensamos en la Constitución. Creemos que es ahí en donde se resolverán los conflictos y por el mero hecho de existir, es suficiente para que las conductas se modifiquen. Sin embargo, por sí misma no es suficiente para corregir los problemas nacionales.

Pero más allá de principios y normas, que en realidad son lo importante, una Constitución es o debe ser un aliento de largo plazo que genere estabilidad al Estado. Claro que no es un documento impreso en piedra y por lo tanto inmutable, pero una de sus premisas esenciales es su permanencia que, a su vez, genera adhesión. Esto significa, que las personas con el paso del tiempo, comienzan a identificar e identificarse con los valores que ahí se encuentran.

Si cualquier acuerdo político se imprime en la Constitución y esta se modifica con tanta histeria, lo que perdemos es el sentido de Estado, lo que trasciende y va más allá de los sexenios y las personas que los presiden. Una Constitución, base del Estado de Derecho, debe ser el punto mínimo en donde todos coincidamos.