La política exterior de la Cuarta Transformación se puede reducir a una frase de Groucho Marx que dice “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.

Es evidente que México ha actuado de forma muy distinta frente a Venezuela, Bolivia, Estados Unidos y Centroamérica, por mencionar solo algunos países de la región. Más allá, en lo que queda del planeta, pareciera no haber mayor interés. Y en lo que a esta parte corresponde, la regla ha sido la contradicción.

El leimotiv de la cuatroté en la relación con otras naciones es conducirse bajo los principios de política exterior que se encuentran en la Constitución. En unos casos predica la autodeterminación de los pueblos y la no intervención, como en el caso de Venezuela. Con Bolivia fue más bien al contrario, una supuesta defensa de la democracia y el respeto a nuestra tradición de asilo. Es decir, intervención.

Estados Unidos es diferente por los múltiples vasos comunicantes que definen la relación. Aquí la norma ha sido el pragmatismo y sortear los retos que la administración de Trump se va inventando cada día. En ello, la tradición de asilo y la protección de los derechos humanos se hicieron a un lado. Jugamos en el tablero que nos han impuesto y somos de facto un tercer país seguro. La dignidad de los mexicanos se pone en juego, porque México ha perdido la capacidad real y cierta de alzar la voz para defender sus derechos en Estados Unidos, mientras que aquí atropellamos los de hondureños, salvadoreños y guatemaltecos.

El problema con los principios de política exterior, es que estos son maleables y pueden ser utilizados en cualquier contexto y circunstancia. Por más que busquemos en ellos una guía estable para conducirnos con otras naciones, no son la solución. Es así, porque antes que los principios, están los intereses. Intereses coyunturales, estratégicos o de largo plazo. Y solo en la visión de Estado tiene sentido hablar de principios en las relaciones internacionales.

Por eso no es de sorprenderse que los principios sean utilizados de contentillo, porque son complacientes. Nos dan atole cuando nos dicen que la política exterior se conduce bajo su manto. Suena muy bien, pero lo que determina la agenda internacional de este gobierno, tanto como con los migrantes mexicanos y centroamericanos, es el interés y el pragmatismo.

Conclusión: No hay un rumbo claro del papel de México en el mundo, es decir, una visión de Estado, que permita defender esos principios.

 

Foto: Archivo Proceso