AUTOR: CARLOS SOTO

Solemos escuchar a los gobiernos, sin importar si son de izquierda, centro o derecha, invocar al pueblo para justificar sus decisiones. Como sabemos, la población, junto al gobierno y el territorio, son elementos indispensables para la existencia de un estado o nación. El problema surge cuando en el imaginario colectivo el pueblo es una masa homogénea que encarna todas las virtudes de un santo: bonhomía, sapiencia, etcétera. Nada más alejado de la realidad.

En principio, debemos entender que, por su extensión e historia, los habitantes de México se integran por un gran número de pueblos originarios, que presentan importantes diferencias entre ellos. De esta manera, las comunidades tzotziles, otomís o tarahumaras, al sur, centro y norte del país, respectivamente, tienen idiomas, tradiciones y hasta formas de gobernarse distintas. Si bien una gran parte de la población podría considerarse mestiza (la unión de indígenas y españoles, que data de la época de la conquista), existen descendientes de países europeos, latinoamericanos, orientales y africanos, entre otros.

La población mexicana vive realidades económicas distintas. Mientras un empresario mexicano se encuentra en la lista de Forbes, como una de las personas más ricas y poderosas del mundo, el 43.6% de los habitantes en México vive en la pobreza y el 7.6% en la pobreza extrema. De esta manera, una parte de la población no tiene las condiciones mínimas para sobrevivir y puede morir de una infección estomacal al no tener acceso a los servicios médicos; mientras que algunas personas pueden vacacionar en Vail para aprender a esquiar y tratar sus dolencias con médicos en el extranjero. Dentro de estos extremos hay un gran número de escalas de gris, dentro de los que pudiéramos ubicar a los clasemedieros, con sus diferentes niveles: clase media baja o clase media alta.

Según datos del INEGI en 2015, el promedio de estudios en el país es de 9.1 años estudiados, lo que equivale a la secundaria terminada. En la Ciudad de México ese dato aumenta hasta segundo de preparatoria, mientras que en Chiapas baja a primero de secundaria. Hay que destacar que un 5.5% de la población en nuestro país, mayor a quince años, es analfabeta. Los hijos de los mexicanos asisten en un gran número a las escuelas y universidades públicas. Otros estudian en centros educativos particulares. Los menos, jamás aprenderán a leer y escribir o, en el extremo opuesto, tienen la suerte de estudiar en el extranjero.

Los mexicanos, por regla general, tienen un modo honesto de vida. Pueden ser obreros, profesionistas, servidores públicos, campesinos, artistas, amas de casa, activistas, miembros de la sociedad civil, etcétera. Pero también los hay quienes se dedican al crimen, ya sea asaltando a personas en el transporte público, violadores, huachicoleros, secuestradores, extorsionadores, etcétera.

En cuanto a preferencias políticas, existen sectores de la población que se identifican con la izquierda, otros con el centro y otros con la derecha. Dentro de estas personas, muchas están inscritas en el padrón electoral y, por lo tanto, pueden votar en las elecciones. Pero muchos mexicanos no pueden votar, ya sea porque no tienen la edad legal para ello, no están inscritos ante el Instituto Nacional Electoral o tienen suspendidos sus derechos políticos con motivo de una determinación judicial. De esta manera se puede asegurar que 10, 20 o 30 millones de votos no son el sentir del pueblo. Tales números solamente demuestran que un número de ciudadanos inscritos en el padrón electoral votó por una determinada fuerza política; sobre todo si se toma en cuenta que la población total asciende a 120 millones de personas.

Ejemplos de disimilitudes en la población son muchos. Ya sea que se trate de religión, color de piel, identidad y preferencias sexuales, afición a la lectura, gusto por los deportes, etcétera, es imposible homologar o encasillar al pueblo en las múltiples opciones que existe en todas estas categorías.

Esta masa heterogénea de individuos nos permite concluir que el pueblo no es bueno ni malo, pobre o rico, sabio o ignorante. Mucho menos tiene una afiliación política. Es la mezcla (pero no el promedio) de personas que se encuentran a lo largo del espectro de los extremos antes mencionados que comparten un elemento en común: ser mexicanos.

Las ideas anteriores son importantes para el constitucionalismo mexicano. El artículo 39 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos dispone que la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo; que todo poder público dimana del pueblo y se instituye para su beneficio; que el pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno. Por su parte, el artículo 40 constitucional señala que es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una república representativa, democrática, federal. Mientras que el numeral 41 del texto fundamental señala que el pueblo ejerce su soberanía por medio de los Poderes de la Unión y de los poderes de los Estados.

Los postulados constitucionales en comento no nos dan una idea clara de cómo se puede sentir o materializar la voz del pueblo. Al efecto, el constitucionalista Jorge Carpizo (1) nos señala:

El titular del poder constituyente es el mismo titular de la soberanía. En este sentido, poder constituyente, soberanía y pueblo son términos intercambiables. Esta es  la base, principio y fin de cualquier teoría o planteamiento democrático.

Siguiendo estas ideas, el pueblo se expresa a través del mecanismo de reforma constitucional. Es decir, por medio de mayorías calificadas en las Cámaras de Senadores y Diputados del Congreso de la Unión y la mayoría de las legislaturas estatales y de la Ciudad de México. Lo anterior no significa desconocer la importancia de las elecciones, referéndums, plebiscitos o consultas que, cuando se celebran dentro del marco de la ley, son ejercicios indispensables para la democracia, en el cual participa un importante sector de la población: los ciudadanos inscritos en el padrón electoral.

Me pareció importante hacer estas distinciones entre pueblo y población, para que al escuchar discursos políticos podamos saber si cuando se habla de pueblo se le está dando la connotación correcta o simplemente se le usa como un término populista. Sé que muchas de las ideas recién plasmadas levantarán más de una ceja en señal de desaprobación y que, incluso, pueden ser inteligentemente rebatidas. Lo importante es comenzar el debate de estas ideas, que son necesarias para nuestra democracia.

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(1) Jorge Carpizo. “El Tribunal Constitucional y el control de la reforma constitucional. Revista iberoamericana de derecho procesal constitucional, número 12, julio-diciembre de 2009, páginas 21-37.