Hace apenas unas semanas que llegué a vivir a la Ciudad de México. Entre Chihuahua, Durango, Monterrey, San José y Bogotá, no me había tocado enfrentarme ante un sistema de transporte público como el chilango.

Vaya monstruo y vaya reto. Con decirles que cada que voy a una reunión envío antes de salir un correo para disculparme por adelantado, en caso de que llegue unos minutos tarde. Pero cada quien sus monstruos y cada quien sus retos.

Evidentemente, mis monstruos y mis retos son ridículos en comparación con los que enfrenta mi pareja, siendo mujer. Ya no me quiero mover en metro, acaba de decirme. Y cómo no, después de enterarnos de la sistematicidad con la que se secuestra a las mujeres (o se intenta) al interior o en las inmediaciones del sistema de metro de esta ciudad. Según la Procuraduría General de Justicia de la cedemex, en los últimos cuatro años han desaparecido 153 personas en las instalaciones de este transporte público[1], sin sumar los casos no reportados a las autoridades.

En los últimos días han salido a la luz un montón de relatos de mujeres que lograron escapar antes de ser secuestradas. Uno de los métodos más llamativos, entre los que utlizan para raptarlas, es simular que la víctima es pareja/novia/esposa del agresor.

Ya cálmate, mi amor, se les dice a las víctimas en voz alta, o es que no se tomó sus medicinas, para que quienes atestiguan la escena no intervengan. En ocasiones no tienen éxito y las personas alrededor intervienen, pero al final, si lo utilizan como método es porque en otras ocasiones sí les funciona.

En esas veces que sí les funciona, pareciera que existe un entendimiento tácito de que en una relación (mujer-hombre), si el hombre le ordena a la mujer que realice determinada acción (subirse a un vehículo, no gritar, bajarse del vagón del metro, etc.), no solo tiene que obedecer, sino que además las personas que les rodean deben respetar dicha relación de poder.

Pa’cabarla, las mujeres que se atreven a denunciar han relatado que tienen “una mala experiencia con el proceso que ofrece el Ministerio Público[2], o que las autoridades dicen que van a buscarlos, “pero muchas veces no más se hacen[3].

Otras han dicho ya, mucho mejor de lo que yo podría, que lo relevante no es que el agresor sea o no su pareja/novio/esposo. Aunque lo fuera, no le legitima para obligar a una mujer a actuar en contra de su voluntad.

¿Qué hace, entonces, que las personas que atestiguan semejante escena no intervengan? ¿Qué hace que las autoridades involucradas en recibir la denuncia o investigar los hechos actúen de forma deficiente o simplemente no hagan nada? Busco particularmente una respuesta para hombres que, como yo, experimentamos el mundo (y los intentos de secuestro) desde el privilegio de sentirnos ajenos al peligro (aunque el sentimiento sea falso), y desde el marco de masculinidad con el que nos han y nos hemos llenado la cabeza.

Había escrito antes por acá sobre el nefasto pacto de caballeros y la necesidad de que entre hombres seamos capaces de interpelarnos, hacernos rendir cuentas por la violencia que ejercemos. Además de las anteriores, me salta a la mente la orden de masculinidad consistente en dominar, en ejercer autoridad.

Hace apenas unos meses, en el norte del país, un agente de policía me contaba la historia de un hombre que acudió a la Fiscalía para denunciar amenazas de muerte por parte de su esposa.

“Después de dos semanas de estar aguantando el te voy a matar, y te voy a matar, pues al chavo ya que vio que ya, cada vez que le decía, el cuchillito en la mano o le tiraba lo que encontraba, va a Fiscalía y les dice, sabes qué, cabrón, esta ruca ya me amenazó. Ya me salí de mi casa, y me dijo que si me salía me iba a matar. Qué onda, vengo a pedir ayuda. Y que ah, no mame wey, se soltaron riendo de él y le dijeron, no mames wey, con una pinche vieja, ¿te vas a dejar de una vieja? Y el vato pues se agüita y se va. […] A las dos semanas el vato amanece con 30 puñaladas en la espalda.”

Al preguntarle cuál era el mensaje o la orden de masculinidad que la Fiscalía le había transmitido a este hombre, el agente de policía contestó:

“No te quejes, porque tú eres superior a ella. Se supone que tú la tenías que dominar a ella.”

Esta orden de masculinidad consistente en dominar tiene efectos directos en los casos de secuestro en el metro. Por un lado, predispone a las personas que atestiguan los hechos para no intervenir, pero por otro lado, justifica la deficiente actuación (o la falta de ella) de las autoridades que reciben una denuncia o que están encargadas de investigar los hechos.

Yo nací en ese norte donde transcurrió esa historia. Yo recibí, seguramente, esa orden en distintos espacios, por diferentes sujetos y bajo una variedad de nombres o disfraces. Ese es, en realidad, mi monstruo (uno de ellos) en esta bella y peligrosísima ciudad para las mujeres. Vivir sin buscar dominar y desnormalizar la dominación de los hombres sobres las mujeres, denunciando y evitando (cuando me sea posible) la violencia de otros, ese es mi reto.

En este o en otros tipos de violencia contra la mujer, testigos y autoridades: ¿cuáles son sus monstruos? ¿Cuáles son sus retos?

[1] Zerega, Georgina. El triángulo de las Bermudas en el metro mexicano: 153 desaparecidos en cuatro años. El País, Internacional, enero 29, 2019.

[2] González Guerra, Florencia. Yo también lo viví: mujeres relatan intentos de secuestro cerca del Metro. Chilango, Reportajes, enero 29, 2019.

[3] Loc. Cit.