Foto: Falko Ernst

AUTOR: FALKO ERNST @falko_ernst

En el 2012, en el horno terracalentano, me recibe un cierto Profe a un lado de un cementerio. Para llegar allí, tengo que pasar dos retenes con hombres armados no-uniformados para abandonar mi carro frente a la única tiendita de un rancho de esos que no llegan a las 20 casas. Allí, me entrego a un equipo de sicarios. En convoy – a mí me lleva Patricio, de unos 23 años, AR15 listo a mano por su pierna derecha – vamos por caminos rurales desafiando las suspensiones de las trocas hacia el punto de encuentro con el entonces número dos de los Caballeros Templarios, La Tuta.

Es en medio de la nada. Parcelas baldías a un lado, quemadas, como un mar de polvo de color café. Maleza, también quemada, por el otro lado. En el fondo, cerros anuncian el fin del valle de Apatzingán y el inicio de la Sierra. Antes del patrón, llegan algunos de sus sicarios elite – los de confianza, portando las mejores armas, siempre con lanzagranadas – y establecen un cerco de seguridad.

Luego viene él. Después de 10 minutos de cotorreo, apunta a las cruces coloradas del cementerio, dándole peso a un mensaje que la surrealidad y el miedo suspendido del momento no me permiten digerir hasta días después:

“Yo nada más”, dice, “mato 3 o 4 a la semana, pero solo aquellos que mienten, que no dicen la verdad, que se hacen pasar por algo que no son.” Concluye mi introducción sobre la ley de la vida y la muerte en la Tierra Caliente constatando que esos 3 o 4 luego “no aparecen en los medios”.

Por su lado, el patrón del patrón – El Chayo, muerto, en aquel entonces, oficialmente – no le quiere entrar a tal conteo cuando me aparece en una fiesta en su rancho natal, Guanajuatillo, allá en las profundidades de su territorio. “Esto”, reclama, “es entre yo y Dios”.

Tampoco le entra el francotirador, antes para los GAFEs, ahora para los michoacanos: “Yo nada más los agarraba, y luego los entregaba. Otros se encargaban del resto”. Y tampoco le entra uno de quienes venían después, un comandante de las autodefensas: “Mira, solo te puedo decir que muchos se quedaron en el camino.”

¿Dónde están, entonces, esos muertos? ¿Dónde están esos 3, 4, de la Tuta, el número indefinido del Chayo y del francotirador? Y, ¿dónde están los que se quedaron en el camino, los del comandante? No en las estadísticas oficiales, evidentemente. Y la vasta mayoría tampoco en las fosas identificadas hasta el momento, sino en las que permanecen intocadas.

Que se toquen – fosas y destinos – es la excepción. Una es la familia de 13 personas, niños incluidos, que se excavó en la cercanía de la localidad de El Alcalde, y se debió a que por un respiro nada más se fragmentó el control territorial criminal. Lo que se destapó fue una revelación sólo para el mundo exterior. Localmente, todo el mundo sabía. Sabía que se los habían llevado de su casa.

El que habló, por ya no soportar el permanecer callado, todavía me llevó a aquel terreno, donde una vegetación más verde, fresca, de la de sus alrededores marcaba los límites de la fosa. Se ofreció como testigo a las autoridades, habiéndolo visto todo, porque eran sus vecinos los que desvanecieron aquella noche, y el ruido lo despertó. Tuvo que huir al otro lado, al Norte, cuando se reestableció el dominio territorial de los de siempre, y por lo tanto la ley del silencio.

La ley que dice “ver, oír, callar” suprime, en los ranchos aledaños, la voz de quienes saben, de quienes han visto. De quienes han visto y han escuchado maquinaria pesada haciendo su labor de terror en las noches (las “manos de chango” son herramientas pertinentes para excavar rápidamente). La suprime porque el exilio del testigo así lo reclama, o bien porque ha habido instrucciones explícitas de quienes mandan que ciertas áreas están fuera de limite.

La investigación de 5to Elemento Lab destaca la existencia de tres fosas en el municipio de Apatzingán. Tres fosas en donde ha sido no solo el primero sino también uno de los principales escenarios constantes de la “guerra contra el narco” – léase: de la micro-geopolítica gubernamental-criminal y hasta hoy ininterrumpida producción de una guerra de baja intensidad, y de una perpetua cotidianidad de la muerte.

Lo que destapa la sistematización de esta investigación periodística debe ser leído como señal de lo que aún queda enterrado, de los vacíos de un mapa emergente del exterminio. Sin duda, esta pieza marca el inicio de una conversación seria sobre la magnitud real de lo que significa decir “fosa México”. Ojalá que el próximo secretario de seguridad y la próxima secretaria de gobernación, Alfonso Durazo y Olga Sánchez Cordero, y el mismo presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, continúen y fortalezcan esta conversación.