La Tía Pipe: Si la ideología no se ajusta a la realidad, demostraremos que se ajusta y la cosa será perfecta. Los buenos intelectuales nos apoyarán. Contra los viejos mitos os harán antimitos. Reemplazaremos los mitos.

Eugene Ionesco, El asesino sin gajes.

 

De la Segunda Guerra Mundial, de sus cenizas y su sangre, surgió un nuevo entendimiento sobre la dignidad del ser humano que se plasmó en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Y su propósito era claro: evitar para siempre que la persona fuera un medio, y en cambio, siempre sea un fin. Para ello, habría que impedir las condiciones sociales e históricas que permitieron a autócratas y tiranos llegar al poder. Sin embargo, entre la dignidad de la persona y el sistema internacional que busca evitar la tiranía, hay una tensión evidente. Se reconoce el derecho de la persona a elegir libremente a sus representantes, pero ¿qué sucede si el pueblo, en ejercicio de su derecho, elige a un tirano?

La Declaración Universal reconoce a todas las personas el derecho de participación política,  directamente o por medio de representantes. Ese derecho a participar en el gobierno, es el sustento y causa de las formas de democracia. Es el sistema que parte de la base de la dignidad de la persona, al presuponer su libertad e igualdad. Pero el gran defecto de las democracias se refleja en gobiernos autoritarios, que no respetan los derechos mismos en que se fundamenta el modelo político bajo el cual fueron electos. Se trata de una cuestión más vigente que nunca. ¿Porqué elegimos a tan malos gobernantes en el mundo? ¿Porque se asume que el pueblo es sabio y no se equivoca? Estas preguntas se encuentran en el centro de las causas y consecuencias de la democracia. No es una estructura perfecta, al contrario, está plagada de imperfecciones.

En el Acto III de la obra El Asesino sin Gajes del escritor franco-rumano Eugene Ionesco, hay una escena absurda, como la corriente a la que pertenece, pero no por ello menos real y reveladora para nuestros tiempos y aquellos que parecía dejar la época de la posguerra. La Tía Pipe, una mejor recia, se dirige a la multitud y les dice: “¡Pueblo! Yo, la tía Pipe, que cría los gansos públicos, poseo una larga experiencia de la vida política. ¡Confiadme el carro del Estado, que voy a dirigir y que será arrastrado por mis gansos! Votad por mí. Confiad en mí. ¡Mis gansos y yo pedimos el poder!” Después dice la Tía Pie, enardeciendo al populacho: “He criado para vosotros todo un rebaño de desengañadores. Ellos os desengañarán. Pero hay que engañar para desengañar. Necesitamos un engaño nuevo”.

En su propia narrativa y en los gansos de la Tía Pipe, Ionesco podría estarse refiriendo de manera figurada al “passo romano o de la oca”; una forma de marchar de los ejércitos fascistas de Moussolini y nazis de Hitler que, al marchar parecían eso, unos gansos. Así que la Tía Pipe pide el voto popular y su programa será renovar los engaños. Un nuevo sistema basado en mitos revividos, en la creación de nuevos héroes, en la invención de un régimen que reparta en equidad para todos y, sobre todo, en el engaño. El carro será tirado por los gansos, la fuerza opresora del Estado. Después la escena se convierte más absurda, porque la Tía Pipe se agarra a golpes con un borracho que es acusado de robarse una cartera. Quizás una alusión a los efectos adormecedores del capitalismo.

El Asesino sin Gajes fue escrita en 1958, diez años después de publicada la Declaración Universal de Derechos Humanos. Así que frescas estaban todavía las heridas de la guerra, la reconstrucción de Europa y la consolidación del bloque soviético. Más aún, la concepción filosófica de la dignidad de la persona y el potencial destructivo del ser humano después del Holocausto y los juicios de Nuremberg. En su Rumania natal, 1958 fue el año en que terminó la ocupación soviética y en ese mismo año, en Francia, país en que vivía, se fundó la Quinta República por Charles de Gaulle y se promulgó la famosa Constitución francesa de consenso.

Aquel año de 1958 para Ionesco y para el mundo en realidad, significó un año de refundación y nuevas comprensiones sobre el futuro de la civilización humana. Los sistemas políticos apoyados en fuertes y poderosas bases ideológicas, se confrontaban por su imposición como modelos para transitar en los procesos históricos que no eran claros aún. Una visión del ser humano, de la colectividad y del futuro divergentes. Y en todo ello, la Declaración Universal como referente y sustento filosóficos y jurídico de compromiso entre las grandes potencias. Los derechos básicos de todas las personas, sin importar el bando, el bloque, la nacionalidad o la ideología. Una acuerdo político mínimo en el que se soporta la dignidad de la persona.

Esta Declaración que es en sí misma un momento culmen en la historia de nuestra humanidad, reconoce el derecho de toda persona a participar en el gobierno de su país, ya sea directamente o por medio de representantes libremente escogidos. Nos dice también que la voluntad del pueblo, sujeto y objeto de la soberanía, es la base de la autoridad del poder público y que esa voluntad, se expresa mediante elecciones libres.

¿Tenemos derecho a votar por alguien como Trump, Bolsonaro, Orban y muchos otros? Y la respuesta es un rotundo sí, porque la democracia como modelo electoral, no garantiza la calidad del resultado. La libertad democrática, que se sustenta en la igualdad, parte de la premisa esencial de elegir a cualquier persona que cumpla con los requisitos de ley. De ahí que la democracia sea débil como sistema y esté plagada de imperfecciones. Por eso la Tía Pipe parece un absurdo, pero no lo es.

Si la democracia arroja como resultado a un Trump o un Bolsonaro o una Tía Pipe, ¿podríamos concluir que hay un problema con la democracia? Es un planteamiento harto complejo, pero que puede ser analizado a partir de revisar la democracia como causa y consecuencia. La primera (como causa) nos lleva a sostener que como modelo es insustituible, porque es el único que se fundamenta en la igualdad y libertad de las personas. Es decir, su razón de ser radica en una concepción de la persona implícita de dignidad que, en ejercicio de su libertad, puede votar por quien le venga en gana. Los valores de igualdad y libertad hacen válida la premisa mayoritaria. Pero también supone que el derecho a elegir libremente a nuestros gobernantes pasa por el tamiz de la responsabilidad en el proceso mismo de elección.

Como consecuencia, la democracia no es sólo y únicamente un proceso electivo, sino que es un concepto estructural que va más allá del derecho de participar o del derecho a elegir libremente. Por eso, entre otras cosas, la Declaración Universal de Derechos Humanos y todos los tratados y convenciones que refieren a los derechos civiles y políticos, reconocen los derechos de libertad de pensamiento, de opinión y expresión (que comprende implícitamente la información), de reunión y asociación, entre otros. Estos derechos tienen un doble valor, el interno o individual y el externo o colectivo. El primero es parte connatural del simple ejercicio de la condición humana, mientras que el segundo, es parte del ejercicio de la condición social.

En ese sentido, la democracia como consecuencia, es un derecho pero también una obligación. Dicho de otra forma, no consiste sólo en elegir a la Tía Pipe y a sus gansos, exige la participación activa en el conocimiento de la verdad, en el diálogo como medio y en la exigencia de resultados. Pero aquí está el verdadero meollo: esos resultados deben ser acordes con los valores de la democracia, es decir, la igualdad y la libertad. Es un evento circular porque gracias a esos valores en los que reposa la democracia, es que se posibilita en principio, el ejercicio de otros derechos.

La crisis democrática que atraviesa el planeta sin duda tiene muchas raíces, una de las más manifiestas y graves es la regresión autoritaria que se vive en muchos países. El riesgo paradójico es que a esos autócratas fue el ejercicio de la libertad lo que los llevó al poder. Aun así, la democracia como modelo no es sólo un método de elección mayoritario, sino que comprende todavía más el ejercicio del poder. Y no es otra cosa que el respeto a los derechos humanos, como barreras y límites de las mayorías.

Los derechos de participación política, como pilares de la democracia, no quedan en el acto de elegir a un gobernante. Suponen un compromiso con los derechos humanos que en primer término, hicieron posible el acto mismo de votar. Y, en segundo lugar, si asumimos que esos derechos son el sustento de la democracia, entonces ésta es también un mecanismo que funciona en contra de las mayorías para proteger a las minorías.

Al final, la Tía Pipe, antes de agarrarse a golpes con el borracho de la cartera, dice “Os prometo cambiarlo todo. Para cambiarlo todo no es necesario cambiar nada. Se cambian los nombres, no se cambian las cosas. Los engaños antiguos no han resistido al análisis psicológico, al análisis sociológico. El nuevo será invulnerable. Sólo habrá equivocaciones. Perfeccionaremos la mentira”.

Con todo, tenemos derecho a elegir a un mal gobernante. Lo que no hay, es un derecho a mal gobernar. Frente a ello está la democracia como sistema fundamentado en el respeto a los derechos humanos. Y es un sistema y modelo que debe prevalecer, porque seguimos votando por las Tías Pipe.