Brett Kavanaugh fue propuesto por Trump para conformar la Corte Suprema de los Estados Unidos. Hoy se cuestiona su idoneidad para el cargo, debido a que tres mujeres, hasta el momento, han denunciado públicamente haber sido víctimas de abuso sexual a manos de Kavanaugh. Una de ellas, la Dra. Ford, declaró ante un Comité del Senado que durante el ataque que sufrió estaba presente Mark Judge, amigo de Brett en ese entonces. A pesar de la relevancia de la declaración de Mark para la resolución del caso, este se ha negado a declarar públicamente, y solo ha manifestado que “nunca [ha] visto a Brett actuar de esa manera”.

Más allá de cualquier predisposición que se pudiera tener frente a las acusaciones, el protagonismo y valentía de la Dra. Ford ha provocado la explosión en las líneas telefónicas de atención por abuso sexual en Estados Unidos. Independientemente de las resolución de este caso, es un hecho que la exposición pública de figuras con narrativas concretas como la de Ford generan movilizaciones sociales importantes, nos mueven, nos llevan a actuar, a decir.

Es evidente el dolor de la Dra. Ford. Amerita quitarse el sombrero (dirían en mi pueblo), exponerse al escarnio público del mundo entero, sabiendo que se le acusará de mentirosa y pagada. Quitado el sombrero, no solo ante Ford, sino ante todas las mujeres que, como ella, han dado un paso al frente, me pregunto ¿qué pasa con Mark Judge?

Mucho se ha dicho, aunque lejos de lo suficiente, sobre el denominado pacto de caballeros. Hace algunos meses entrevisté en Bogotá a un buen amigo sobre su percepción de la masculinidad. Se refirió al pacto de caballeros de esta forma:

“aprendí a asumir de que mi rol como varón era estar por lo menos callado y tener un pacto, digamos, de silencio con esas personas, si yo quería ser adulto. […] a los 17 años empiezo como a decir, bueno, no solamente es que voy a formar parte del pacto de silencio, sino yo también tengo que ser como ellos”

En términos amplios, el pacto de caballeros cuenta con una estructura normativa muy clara:

Orden: guardar silencio ante la violencia ejercida por otros hombres.

Ante el cumplimiento: premio. Ser parte de un grupo privilegiado y recibir el mismo trato de impunidad garantizada.

Ante el incumplimiento: castigo. Ser expulsado del grupo privilegiado y sujeto de desprecio.

Abandonar el pacto de caballeros supondría verdaderos ejercicios de rendición de cuentas entre nosotros, hombres. No se trata de validar la denuncia de una mujer víctima de violencia, sino de confrontarnos a nosotros mismos, hacernos responsables del modelo de masculinidad que hemos adoptado. Abandonar el pacto significaría trabajar para eliminarlo, no solo de nuestras vidas sino de nuestros entornos. Que deje de ser el modelo a seguir, para convertirse en el escenario a evitar.

El silencio de la mujer víctima funciona de forma muy distinta al silencio del hombre cómplice. Romper el silencio lleva sus respectivos castigos en ambos casos, pero francamente el castigo hacia las mujeres es altamente desproporcionado frente al que recibiríamos los hombres.

Hay muchas mujeres víctimas que, tomando el ejemplo de Ford, han dado un paso al frente, con valentía y coraje, denunciando a sus victimarios. También habemos muchos victimarios, cómplices en un pacto de silencio, por lo menos, que nos vendría de lujo un ejemplo de valentía y coraje para dar un paso al frente y denunciar nuestra violencia, abandonar el pacto.

¿Qué hubo Mark? ¿Le entras?