Piso las tumbas, las flores se anidan en mis pies descalzos, otra vez la oscuridad me inunda, mis ojos de agua viva se abren para abrazar la negritud del horizonte.

Solo escucho el suplicio de los cuerpos desollados, desmembrados, calcinados.

Los murmullos, las voces desbordan, la presa del silencio se rompe, me envuelve, destruye la firmeza de mi paso, me arrastra y los veo a todos, a los 43 en ese carrusel de la muerte, que cruje, que se reinventa con nuevas formas de dolor, la continuidad esta ahí, gira y gira en el mismo lugar, me corroe pero no puedo hacer nada más que invadir el paisaje con agua, tinta, impotencia.

No estoy sola, otra vez escucho sus súplicas, se anidan sus pedidos en mis pensamientos, estoy lejos. Quisiera volver el tiempo aquel en que esos hombres jovencísimos eran fuerza y vida, detener ese momento en el que las llamas del odio calcinaron sus huesos, su corazón, lo único que queda de su sonrisa son los dientes que identifica el forense.

No es un sueño, no es una pesadilla. Hace rato que se mexicanizó el infierno y solo puedo abrazarlos con el pensamiento.