**AUTOR: ANDRÉS DÍAZ

Me gusta el futbol y el béisbol, quienes me conocen, saben que le voy a Rayados. Hasta ahora, suficiente hemos tenido con soportar el clasismo y lo despótico que la directiva del Monterrey realiza continuamente en contra de los rivales (Tigres), contra la ciudadanía neoleonesa (como la construcción de estadios hermosos en lugares naturales protegidos) e inclusive en contra de su propia afición (a quienes le sacan hasta lo que no tienen de sus bolsillos).

La directiva del Monterrey (y supongo la de Tigres y otros equipos también) ha apoyado a la generación de la violencia: vieron al deporte únicamente como una empresa y fuente de ingresos por tanto billete que ahí circula, y tratan a su afición únicamente como sus clientes. Eso les permite relacionarse únicamente con el dinero y algunas dádivas: “Compra abono y productos y compórtate como yo quiero en mi estadio, mientras te muestro a las modelos de los patrocinadores y te llevo productos bonitos que me compras”. La relación se transformó de lo deportivo y comunitario a lo corporativista y clientelar.

Hace mucho tiempo el futbol en México dejó de ser un factor únicamente deportivo. Aficionades y detractores del mismo reconocen la importancia que tiene en la vida interna y social de las personas. Por eso mismo, los clubes (directivas, técnicos y jugadores) no pueden escudarse en que lo único que les corresponde es lo que hace a lo deportivo y la economía del juego, sino en los factores que trascienden las fronteras del club y que generan hinchada.

Lo mismo la afición abuchea a Rayados por su mal juego (justo porque acostumbraron a la afición a pensar que son clientes de un buen espectáculo y no seguidores del paso del equipo en las buenas y en las malas), y también la directiva “abuchea” a la propia afición (restregándoles fuerzas policiales a su propia porra y deslindándose de cualquier acto de violencia).

Es tiempo, pues, que una perspectiva de Derechos Humanos comience a permear al futbol. Dichos como los del Tuca de “mandar al cementerio” a quienes hicieron la brutal agresión anoche antes del Clásico reflejan la lejanía que los clubes y gente del futbol suelen tener respecto a los temas de derechos humanos en México, país totalmente desigual. La violencia no se acaba con violencia… se le puede reprimir, sí, pero con ello no se le acaba. La misma ausencia de perspectiva sucede con las medidas kukuxklanezcas de Rayados de no admitir a las personas vestidas de amarillo en los Clásicos en su estadio o no venderles boletos.

Las barras y sobre todo los comportamientos de algunos aficionados de los equipos distan mucho de generarse únicamente por el “alcohol” o por “otras sustancias”. Se encuentran en el clima de incomprensión, de clasismo, de división económica y clientelismo que las propias directivas -como reflejo de la sociedad empresarial regiomontana- aplican a la sociedad.

Solamente con la responsabilidad que los clubes asuman más allá de la Cancha… es decir “en la vida”, se podrán detectar las causas de la violencia y confrontarla en lugar de sólo reprimirla con corajes y visceralidades, propios de los humanos, pero inútiles para la resolución de los problemas.

Podríamos empezar con asumir la idea de la derrota… no de un partido, sino de años (vean al Atlas) y temporadas. La derrota y frente a quien sea, como un producto natural del deporte. Hasta ahí mi comentario.

#FutbolYDerechosHumanos