Dice Butler que el cuerpo es un espacio material y simbólico en el que suceden procesos de significados, creación y resistencia[1]. En nuestros cuerpos se inscriben los contextos históricos y sociales en los que vivimos, pero también nuestros deseos, nuestras formas de percibirnos y de representarnos[2].

¿Qué pasa con los espacios de las mujeres cuando la violencia del crimen organizado y la guerra improvisada del gobierno, irrumpen en una sociedad machista y misógina como la mexicana?

El contexto de violencia en México deja huellas de mercantilización de las mujeres como correos humanos para transportar drogas; expendedoras a pequeña escala (quienes para ascender tienen que aprender de la masculinidad tóxica); herramientas sexuales para mantener las redes de protección dentro del Estado; abatidas por las fuerzas armadas por estar en el lugar equivocado; madres y esposas insertadas en un ciclo de violencia intrafamiliar y económica con parejas y familiares parte de las estructuras del crimen; mujeres que son torturadas, desaparecidas y que cuando ya no sirven, son abandonadas en fosas, terrenos y desiertos.

En Ciudad Juárez, Chihuahua, por ejemplo, se repite el contexto de terror de los noventas, ya no bajo mitos urbanos de asesinos seriales, sino de redes de trata y corrupción que se fortalecen con la presencia de las fuerzas armadas en las calles entre 2009 y 2011 y las transacciones con grupos de la delincuencia organizada donde los cuerpos de las mujeres son “el pago en especie”. El fantasma de Campo Algodonero (un caso en el que encontraron los cuerpos de mujeres asesinadas abandonados) nos persigue y se reinventa en casos como el Arroyo del Navajo, donde según información de las organizaciones locales, han sido encontrados aproximadamente 27 restos de mujeres que eran explotadas sexualmente en pleno centro de la ciudad y fueron asesinadas a golpes por miembros de la delincuencia organizada[3].

Estas historias se repiten de manera invisible en el resto del norte del país, en la frontera sur en Chiapas y Tabasco y en las periferias de la capital y el Estado de México, donde confluyen distintos factores de riesgo como la pobreza, la falta de oportunidades, la violencia intrafamiliar, el machismo y el contexto de inseguridad, en zonas donde, paradójicamente, están instaladas las fuerzas armadas.

El Observatorio Nacional de Feminicidio dio cifras demoledoras en su encuentro con Olga Sánchez Cordero: de 2014 a 2018, ha documentado 9,291 asesinatos de mujeres. Asimismo, de acuerdo al Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas (RNPED) de 2007 a 2018, 9,327 mujeres y niñas han sido desaparecidas. Este contexto ha ameritado 35 solicitudes de Declaratoria de Alerta de Violencia de Género, de las cuales 14 fueron decretadas[4].

Hoy en México, los cuerpos de las mujeres son utilizados como forma de control territorial, donde el ámbito público y privado se entrelazan y el machismo se potencializa, tanto desde las estructuras del crimen como desde el actuar de los servidores públicos del Estado. Este vínculo entre el crimen organizado y las violencias de género fue recientemente reconocido por el Comité CEDAW.

En experiencias comparadas de conflicto, los mecanismos de justicia transicional han permitido la reconstrucción de memoria y verdad frente a la instrumentalización de los cuerpos de las mujeres. En Colombia, el Centro de Memoria Histórica en Colombia reconoció como durante la guerra “las marcas de género, raza, clase (…) que tienen los cuerpos configuran tratamientos diferenciales y valoraciones distintas para las personas. Los cuerpos femeninos, en particular, han sido considerados históricamente como lugares de apropiación, lugares para el ejercicio del poder masculino (…)”[5].

La mercantilización de los cuerpos se vuelve “una estrategia práctica—no necesariamente consciente— que contribuye a la derrota moral y psicológica de las poblaciones, a la reafirmación de las jerarquías de género y a la refrendación social del dominio territorial de los grupos armados”[6].

Tejer la voz y la experiencia de quienes sufren las violencias nos permitirá comprender que, lo que recrudece la guerra, es un síntoma de un imaginario patriarcal instalado que violenta y mata en México desde hace rato. Además de implementar medidas alternativas frente a la revictimización del propio sistema de justicia y la materialización de una política pública que lleva años intentando aterrizar, las mujeres deben liderar tanto los procesos de verdad y reconciliación como las temáticas de seguridad y paz que nos promete la cuarta transformación[7].

Las estrategias del nuevo gobierno, en materia de justicia transicional, deben ponerse los lentes de género. O dicho más corto: debemos dignificar los cuerpos.

[1] Butler, J., (2010), Cuerpos que importan, sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”, Buenos Aires, Paidós.

[2] CMH. La guerra inscrita en el cuerpo de las mujeres. Informe Nacional de Violencia Sexual en el Conflicto Armado. Primera edición: noviembre de 2017. Pág. 23. Disponible en: http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/en/informes/informes-2017/la-guerra-inscrita-en-el-cuerpo

[3] Acá pueden conocer más a detalle las historias del Arroyo del Navajo: https://ciperchile.cl/2015/08/12/femicidios-en-juarez-iv-rezo-y-lloro-por-los-restos-que-no-eran-de-su-hija/

[4] OCNF exige a AMLO que el cese de la violencia feminicida y la desaparición de mujeres y niñas sea una prioridad de Estado: https://redtdt.org.mx/?p=11789

[5] CMH. La guerra inscrita en el cuerpo de las mujeres. Informe Nacional de Violencia Sexual en el Conflicto Armado. Primera edición: noviembre de 2017. Pág. 23. Véase también: Expropiar el cuerpo: Seis historias sobre violenica sexual en el conflicto armado.

[6] Ídem.

[7] El Comité CEDAW habla de dicha participación en su Recomendación N.30: http://www.refworld.org.es/publisher,CEDAW,,,52d9026f4,0.html