**AUTORA: LUCÍA HINOJOSA

El sábado 30 de junio 2018, a espera de las elecciones presidenciales de México, Quiero un Presidente—la adaptación y traducción libre de Luis Felipe Fabre del poema I Want a President, escrito en 1992 por Zoe Leonard—fue leído de manera colectiva en el Hemiciclo a Juárez en la Ciudad de México. Al día siguiente, una nación asolada por un caso crónico de segregación social, violencia, y corrupción, elegiría un nuevo presidente. Durante la mayoría del siglo XX y XXI la democracia en México ha sido denominada como una tiranía perfecta, en donde a pesar de que las elecciones ocurren cada seis años, el PRI—partido dominante que ha permanecido en el poder de manera casi exclusiva desde la revolución de 1910—ha utilizado métodos como la supresión del votante para oprimir a las mayorías. De acuerdo con Animal Político, 43% de los mexicanos aún viven bajo condiciones de pobreza.

Reunidos en el Hemiciclo a Juárez, un día antes de la elección, la identidad política del país iba in crescendo, nuestros pulsos acelerando, impulsados por la desilusión y la descarada corrupción de la clase política. Bajo el sol de mediodía, un grupo de al menos cuarenta personas leía la poderosa traducción libre de Fabre, un lamento perenne y un llamado a las armas: Quiero a una machorra de presidente.

Las demandas de inclusión, sonando en algún momento imposibles y después brutalmente honestas, eran leídas, interpretadas, y murmuradas en voz alta durante la reunión colectiva; el coro de voces parecía abrir un espacio distante a las campañas dogmáticas y a la propaganda política de los grupos opositores en México y de la intratable estratificación social. Abriendo un espacio inclusivo de diversidad y empatía, el poema enmarcó a los cuerpos y a la conciencia colectiva de las calles de México, donde se gestaba y se expandía un nuevo futuro.

La lectura colectiva de Quiero un Presidente, que se dio a la par no sólo de las elecciones presidenciales, sino con el desfile internacional de aniversario de la comunidad LGBTQ, fue el primer proyecto de Ruta del CASTOR, una iniciativa de arte público concebida por las curadoras mexicanas Sofía Casarín y Andrea de la Torre, y una idea que “surgió de nuestro compromiso e interés en las intersecciones entre arte y política, el rol del artista como agente cívico, y el diálogo del arte en el espacio público.” Casarín y de la Torre reconocieron la ausencia de plataformas institucionalizadas dedicadas al apoyo del arte público en México, y buscan “proveer una plataforma en donde audiencias de mayor número pudieran participar.” Dentro del contexto de la elección y la creciente intersección de arte y activismo sucediendo en México actualmente, Ruta del CASTOR busca comisionar y producir proyectos de arte público que “respondan ante diferentes situaciones, comunidades, y panoramas sociales del país.”

Quiero un Presidente se leyó de manera consecutiva, en series de grupos moderados, permitiendo distintas interpretaciones de un poema que adquiría forma a través de las voces colectivas de los participantes. Adicionalmente, con la ayuda de Bicikletas A.C., bicicletas con altavoces se situaron en otros puntos de la ciudad. Y aunque inicialmente el grupo se conformaba por personas del mundo de arte, la reunión se expandió rápidamente con gente que pasaba por la calle y también con la pasional celebración de la comunidad LGBTQ. El colectivo de arte y feminismo Invasorix se unió también, con máscaras de recortes de la cara de Zoe Leonard, aludiendo con humor a las Guerrilla Girls y al grupo Anonymous, y al mismo tiempo honrando la visión de la artista norteamericana.

En el clima social que se vive en México, con 29,168 homicidios reportados por las autoridades en 2017, y al menos 200,000 desde 2007, Quiero un Presidente fue adaptado y reconfigurado por Fabre para reconocer los hechos devastadores con los que vive el país. Fabre integra el contexto de no sólo denunciar la homofobia y la misoginia, sino también la opresión de situaciones socio-políticas específicas en México al añadir, “Quiero a una madre que haya pasado días y días buscando a su hijo en una fosa clandestina bajo el sol ardiente, a la madre que pintó de rosa la cruz de su hija, quiero de presidente a los padres de los desaparecidos que no quiso recibir el presidente . . . Quiero a una mujer indígena de presidenta.” Estas oraciones, implementadas por Fabre, se dirigen de manera específica a algunos de los aspectos más alarmantes de la situación disfuncional del país: los feminicidios y los estudiantes desaparecidos. Fabre también hace referencia a figuras como María de Jesús Patricio Martínez, mejor conocida como Marichuy, activista social y sanadora de medicina herbolaria de origen Nahua quien compitió para lograr una candidatura presidencial independiente. Con su valiente iniciativa, Marichuy logró representar la lucha, la resistencia, y la percepción cosmológica de los grupos indígenas mexicanos con la ayuda del Congreso Nacional Indígena (CNI). Marichuy se convirtió en la candidata indígena con más visibilidad en la historia de México, y aunque no llegó a la elección final, su ejemplo desató un sentimiento de promesa.

La última lectura en el Hemiciclo a Juárez fue moderada por Alexandra Rodríguez, una activista trans de larga trayectoria, una lectura en nombre de la comunidad LGBTQ y de los derechos de los migrantes. Rodríguez leyó con convicción y poder, embelleciendo el poema con sus propias demandas, sus experiencias, y sus sueños. Para una audiencia llena de valentía y optimismo, las palabras de Quiero un Presidente adquirieron un nuevo sentido, convirtiéndose en una parte singular de un movimiento que busca justicia y derechos igualitarios en México.