**AUTOR: RODOLFO CÓRDOVA

Hay pocas cosas en la vida que despiertan tanta pasión como el Mundial de fútbol (el de los hombres, claro… ¿sabías que el mundial femenil se juega el próximo año?). La reacción de la gente en la Ciudad de México cuando el Chucky Lozano anotó el gol a Alemania generó un micro-sismo, solo comparable con aquel que se crea en el estómago cuando ves a tu primer amor afuera del cine. Cómo olvidar el nerviosismo cuando perdíamos con Suecia y en el minuto 93 Corea nos hizo el favor de eliminar a la campeona del mundo; vaya alivio y posterior felicidad de clasificar a octavos, únicamente equiparable a tomar de la mano a ese amor y entrar a ver cualquier película que sirviera de excusa para besarse. Ni qué decir de Brasil y la desilusión, casi idéntica a cuando el corazón se rompe por primera vez.

¿Cómo es posible que el Mundial genere una euforia similar al amor con la victoria y tanta desazón con la derrota? Simplemente porque apela a uno de nuestros valores más enraizados: el nacionalismo. En un mundo globalizado, donde prácticamente todas las personas viven fuera de la ciudad donde nacieron o tienen algún familiar o amistad cercana que lo hace, el Mundial conecta precisamente con uno de los valores identitarios universales más profundos: la pertenencia a una cultura común enraizada dentro de las fronteras físicas. Nos regresa a lo más básico de la sociedad en un mundo interconectado.

Sin embargo, los últimos mundiales han venido rompiendo el paradigma nacionalista de la mano con la migración. No solo porque la mayoría de los jugadores de las selecciones más populares juegan fuera de su país, sino porque muchos de los futbolistas son migrantes o hijos de inmigrantes. En el caso de Les Blues, la favorita del domingo: 10 de los 11 jugadores titulares que saltaron a la cancha contra Bélgica juegan fuera de Francia. En el caso del país balcánico, Croacia, los 11 jugadores juegan en el exterior.

Más revelador es el hecho que 18 de los 23 jugadores que integran la selección francesa son migrantes o hijos de migrantes de primera generación, vaya, que nacieron en Francia después que su papá y/o mamá migraron al país galo. En el caso de Croacia son 6 de los 23, nada bajo para un país de 4 millones de habitantes con poca tradición de recibir migrantes.

Todos los jugadores que jugarán de inicio el domingo son migrantes.

El mundial es tan peculiar que nos permite vivir las contradicciones de la vida haciéndolas pasar desapercibidas. La Francia que hace un año estuvo cerca de elegir como Presidenta a Marine Le Pen, que construyó su candidatura con base en la xenofobia y el racismo, es la misma que estará apoyando el domingo a una selección de migrantes.

El lunes (o unos días después si se coronan campeones) regresarán a la cotidianidad en donde el nacionalismo cambiará de tonalidad para volver a marcar las diferencias sociales que existen entre migrantes y refugiados y los demás. Y ahí el reto que nos queda después del domingo: construir sociedades más justas, equitativas y seguras para todas las personas sin importar de dónde vienen o a dónde van. La belleza del futbol es que también puede servir para hacerlo, para transformar la contradicción. Ahí la experiencia de Croacia narradas en #Vatreni, un documental filmado por tres cineastas mexicanos, e iniciativas como Futebol dá Forca, organización que empodera a las niñas y adolescentes a través del futbol. Porque la realidad es que nunca sabes cuándo esas personas te llenarán de alegría y harán que resignifiques los valores más importantes de tu vida.
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