Por Víctor Pérez Cobos

La mejor manera de asustar al rival es cantándole que tengo el pene duro como Zague e invitarlo a que pruebe el chile nacional. La mejor forma de asustar al portero rival es gritándole que le gustan los hombres. El mejor festejo ante una victoria inesperada es restregar el pene en la bandera del equipo rival. ¿Ridículo?

Más allá del ridículo comportamiento de algunos aficionados mexicanos en Rusia, resaltan las formas de entender la masculinidad en México y sus efectos violentos. Olvídese del “nos hacen ver mal”, del “es que ya no hay valores”. La violencia derivada de la forma de entender la masculinidad, debería aterrorizarnos. El futbol y sus efectos no son ajenos a esa violencia.

Dicen quienes saben, que el futbol puede sacar lo mejor de nosotros, pero también lo peor. No es tan simple como una mera dicotomía. Hay grises, muchos. Acá quisiera plantear, sin profundizar, algunos de esos grises.

Es cultural

Dicen los defensores del grito “eeeh puto” que nada tiene que ver con el machismo o el sexismo, que es cultural. Esos mismos defensores, supongo que se defenderán con la misma falacia de “lo cultural”, ante la glorificación del pene de Zague, la violación a una bandera alemana, el éxtasis de que el mundo pruebe el chile nacional.

Como si “lo cultural” estuviera exento del ejercicio de violencia, particularmente de la de género. De hecho, la cultura es una de las mayores fuentes de violencia. Galtung, uno de los clásicos en estudios de violencia y paz, acuñó en los 90’s el término de “violencia cultural”, definida como aquellos aspectos de la cultura (religión, ideología, lenguaje, arte, humor, etc.) que pueden ser usados para justificar o legitimar la violencia directa o estructural[1].

Es posible que cantarle al mundo que venga y “pruebe el chile nacional” o que vea que “la tengo como Zague”, no represente propiamente el ejercicio de violencia directa o estructural. Pero no me queda duda de que constituye violencia cultural centrar nuestras relaciones, incluso en el marco del futbol, en la utilización del pene como arma, como demostración de superioridad, la pene-tración como elemento definitorio del triunfo. Esos aspectos culturales, esas formas de ver el mundo y nuestras relaciones con otras personas, sin duda se traducen en la barbaridad del contexto de violencia de género que existe en nuestra región.

¿Muy chistosos? Puede ser, por algo se ríen. Pero ojo, -otra vez- la comedia, que también es parte de esa cultura en la que se escudan los defensores de gritar puto, tampoco es ajena a la violencia. Que sea chistoso no justifica el ejercicio de violencia.

¿Muy creativos? Que el famoso humor mexicano dependa de la violencia cultural, solo es evidencia de que no somos lo suficientemente creativos como para reírnos sin ejercer violencia. Creativos seríamos si lográramos quitarle esa violencia a nuestros chistes y aún así ser divertidos. ¿Se aferran a que la cultura y el humor mexicano sean muy creativas? Ahí tienen un reto concreto.

¿Qué tiene que ver la masculinidad?

Los mandatos de masculinidad, esas ideas que nos enseñan desde pequeños -pero seguimos alimentando hasta la tumba- sobre cómo debe ser y comportarse un hombre, determinan en gran medida la violencia que ejercemos.

No me quiero clavar en evidencia que las mujeres tienen siglos gritándonos. Negar el vínculo entre el ejercicio de la masculinidad y el ejercicio de violencia, ya sea directa[2]  o estructural[3], sería tanto como negar la efectividad de Osorio como director técnico de la selección mexicana. Y mire quién lleva más de tres años negando esta última: hombres blancos con micrófono que creen que gritando unos sobre otros con tono cada vez más alto les da la razón.

Lo pondré en términos simples: no sólo las estamos matando y nos estamos matando entre nosotros, también nos estamos matando a nosotros mismos. Y no, no creo que sea casualidad.

Los modelos de masculinidad

Esos mandatos de masculinidad, que no necesariamente derivan en violencia -como usar corbata o mear de pie-, esas formas ideales de ser hombre, provienen de otros hombres que son vistos como modelos a seguir.

El gran reto que los hombres tenemos en nuestros tiempos es elegir modelos de masculinidad no-violentos. Acá encontramos muchos grises. Y sí, es falso que todos los hombres ejerzamos violencia todo el tiempo, en todos los espacios, con todas las personas. Ni Trump es tan culero como lo imaginamos, ni el Papa es tan amoroso como nos lo pintan.

Además de la masculinidad tradicionalmente violenta, existen otras formas o modelos de ser hombre, formas alternativas, que cada vez se ejercen en mayor medida[4]. El ejercicio de esas masculinidades alternativas representan una negociación interna y externa frente a las ideas tradicionales del rol masculino en distintos espacios, frente a distintos sujetos y en distintas circunstancias[5]. No soy el mismo hombre frente a mi mamá que el que soy frente a mi novia.

La idea, que va más allá de las famosas nuevas masculinidades –que por ser nuevas no necesariamente son menos violentas-, está en promover nuevos modelos de ser hombre que sean escogidos en función de los que sean menos violentos.

Ejercer una masculinidad no-violenta no se trata de lavar platos o cambiar el pañal de su bebé. Se trata de no someter –violentar- a su pareja, lo cual incluye, pero no agota, compartir los trabajos del hogar.

¿Qué sacamos del futbol?

Podemos elegir como modelo de masculinidad entre muchos ejemplos. Está el Hugosánchez futbolista, que se presenta como el macho, el mejor e insuperable. Pero también está el Hugosánchez de Club de Cuervos, que se presenta como tierno, responsable, sin temor a ser el subordinado, el que tiene un jefe y le es fiel, y aún así es querido. Podemos elegir entre el mexicano que quema o penetra la bandera alemana, justo después de ganarle un partido, o el alemán que en cumplimiento de una apuesta, iza la bandera mexicana en reconocimiento del rival. Podemos elegir también entre el Cuau que festeja su gol meando la portería contraria, como perro marcando territorio, o el Chicharito, que llora de emoción al cantar su himno nacional sin temor a ser captado por las cámaras que transmiten al mundo. Muchos grises hay en medio de cada ejemplo, así como también los hay más extremos.

La masculinidad, como el futbol, construye identidad, y como tal, se alimenta de los rasgos colectivos a los que queremos pertenecer. Pero ojo: la identidad no se agota al adquirir dichos rasgos colectivos. La identidad colectiva también se retroalimenta de los rasgos individuales que la conforman. Así que el futbol alimenta su masculinidad, tanto como su masculinidad alimenta al futbol.

No se engañe solo. Claro que puede ser futbolero, hincha empedernido y disfrutar del deporte. Pero eso no quiere decir que para hacerlo, necesariamente tiene que ser violento. Va siendo hora de que aquellos que dicen amar el futbol le aporten una individualidad, una masculinidad menos violenta. En esa medida el futbol nos aportará una identidad colectiva igual de pacífica y respetuosa.

Así que no, Marquito Fabián miamor, no hay que dejar de gritar puto para evitar las sanciones de la FIFA. Hay que dejar de gritar puto porque qué cagada ser violentos.

[1] Galtung, Johan. Cultural Violence. Sage Publications, Journal of Peace Research, Vol.27, No.3 (Aug.,1990), pp.291-305.

[2] La violencia directa es entendida como la agresión física, tangible. Es cierto, son más los hombres que mueren asesinados. Sin embargo, también está es cierto que los hombres delinquimos –mucho- más. Puede ver los indicadores del INEGI acá: [https://goo.gl/cxyP4H]. Vaya, como víctimas, pero principalmente como victimarios, los hombres estamos más ligados con el ejercicio de violencia directa.

[3] La violencia estructural, en términos de Galtung, es definida como una situación de injusticia social, o en otras palabras, un estado de distribución desigual de poder y recursos. Sobre la desigualdad social entre hombres y mujeres, basta ver los ridículos sueldos que ganan las futbolistas profesionales en México, frente a las escandalosas fortunas que ganan tipos de Gignac.

[4] Chen, Cliff. Marginalized Masculinities and Hegemonic Masculinity: An Introduction. The Journal of Men’s Studies, Volume 7, Number 3, Spring 1999. pp. 295-315.

[5] Coles, Tony. Finding space in the field of masculinity. Lived experiences of men’s masculinities. Journal of Sociology, The Australian Sociological Association, Volume 44(3): 233–248, 2008.