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Por Patricia de Obeso
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Todos somos o hemos sido migrantes. Cuando te mudas de ciudad, cuando viajas, cuando haces el recuento de la historia familiar. El factor común es ese momento en el que te sabes perdido y no conoces a nadie, cuando te miran con desconfianza, cuando enseñas el pasaporte, cuando no sabes cómo llegar, cuando tienes miedo y no puedes dormir. Afortunadamente, la mayoría de nuestras historias personales son experiencias que elegimos.

Según el INEGI, el 70 por ciento de los mexicanos que migran lo hace para buscar trabajo. A fin de cuentas, una decisión, dirían algunos. Pero sobran ejemplos de cómo en nuestro país y en los países vecinos la violencia estructural expulsa a sus habitantes. Si en México no hay suficientes empleos o no son dignos, si en El Salvador el 34 por ciento de sus habitantes vive en pobreza, y si en Honduras y Guatemala las tasas de homicidios son de las más altas en el mundo, ¿en qué condiciones se toma esta decisión?

O me voy o me matan. El desplazamiento forzado y la búsqueda de refugio son fenómenos que han cobrado fuerza en los últimos años, como no habíamos visto desde su punto álgido en la Segunda Guerra Mundial. Según el Índice de Paz Global 2017, casi el uno por ciento de la población mundial vive en esta situación; más del doble en comparación con la década pasada. La línea entre migrar para buscar mejores oportunidades económicas, por necesidad y por supervivencia es cada vez más borrosa.

Por si fuera poco, hoy en día los migrantes pasan hambre, sufren mutilaciones al intentar saltar a un tren, son secuestrados, torturados, traficados y, por si fuera poco, estigmatizados como criminales. Pero las cosas siguen cambiando. Sorpresas como la presidencia de Trump y las cada vez más restringidas políticas migratorias han hecho que estados como Nuevo León, en nuestro país, se conviertan en lugares de destino y no de tránsito para migrantes, en su mayoría, centroamericanos.

En medio de esta crisis, Casa Nicolás y Casa Monarca ofrecen un espacio digno para dormir, bañarse, lavar la ropa, leer y recibir cuidados sin tener miedo. Además, se han dedicado junto con universidades de la Zona Metropolitana de Monterrey a publicar investigaciones y mostrar no sólo las necesidades de los migrantes sino también la gran oportunidad que tiene la sociedad al acogerlos, pues aumentan el capital social del estado.

“Nuestro sueño, ilusión o utopía como defensoras y defensores de los derechos de las personas migrantes es reforzar la interacción intercultural, entendida como un medio de fomento de la confianza, como antídoto a la criminalización”, escribe el padre Luis Eduardo Villarreal, responsable de Casa Nicolás, en la introducción del Segundo Informe Conjunto sobre Discriminación e Inserción Laboral de las Personas Migrantes Centroamericanas en la Zona Metropolitana de Monterrey. La tan escaseada confianza.

El reporte está lleno de datos duros y vale la pena leerlo completo, pero si no tienes tiempo, por lo menos 10 páginas (43-53), donde hay ejemplos e ideas de cómo empresas y particulares pueden sumar a la causa.

Evita la pena de discriminar o ignorar sin conocer. Infórmate, visita los albergues, dona y haz esta causa tuya. La migración no es ajena a ti.
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