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Por Miguel Pulido
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Por largo tiempo, Apatzingán será asociada a la idea de barbarie.

Su nombre ha sido incluido –tristemente- en la dolorosa y larga lista de eventos de sangre y drama en nuestro país. Un brillante reportaje de Laura Castellanos, publicado por tres medios de comunicación (Proceso, Aristegui Noticias y Univisión), vuelve a poner luz sobre los hechos violentos ocurridos el pasado 6 de enero en esa ciudad.

Bajo el título “Fueron los federales” Castellanos reconstruye periodísticamente los hechos de aquel día. Laura nos ofrece, con base en los testimonios recabados, una narrativa que difiere de la presentada oficialmente. Ejecuciones de civiles desarmados, personas menores de edad asesinadas, disparos a mansalva, tiros de gracia, alteración de la escena del crimen. Palabra a palabra, imagen tras imagen y dato por dato la investigación de la reportera arrincona a la versión oficial. Su recopilación de testimonios y la elocuencia con la que se presenta deja tambaleantes y hace parecer inverosímiles las explicaciones de Alfredo Castillo, entonces Comisionado Federal en el estado de Michoacán. Versiones, por cierto, ofensivamente limitadas al simplismo de sostener que hubo 11 muertes a causa de un fuego cruzado.

Tres palabras (fueron los federales) condensan muchas dimensiones de nuestra vida pública, política y social. Como denuncia periodística heredan la construcción de narrativas alternativas a la que el gobierno quiere imponer. Puede usted remontarse al emblemático 2 de octubre del 68 o acercando un poco más la línea del tiempo a los hechos del vado de Aguas Blancas en Guerrero, más recientemente a lo sucedido con los migrantes en las masacres de San Fernando en Tamaulipas o en este mismo sexenio a los hechos de Tlatlaya. Laura Castellanos nos muestra como es posible que la tozudez periodística se resista a la imposición de “hechos” desde la comunicación social. Se trata, pues, de un reportaje sumamente valioso por su contibución a la construcción de una memoria histórica. Algo tan doloroso como necesario.

Pero también condensa nuestro pasado reciente. Las circunstancias que dan contexto al reportaje son emblemáticas de casi una década de gradual agravamiento de la situación de seguridad pública en el país. Michoacán se convirtió en un peligroso ensayo del olvido y de la negación. Las historias de sangre y muerte previas a la masacre de Apatzingán están ahí, contadas en la compleja épica de las autodefensas, en los boletines de prensa con forma de parte de guerra de la SEDENA o la nota roja y el narcoperiodismo.

“Fueron los federales” es un recordatorio del drama de violencia, muertes, desaparecidos, violaciones a los derechos humanos y agresiones sin precedentes que enfrentamos. Narcopolicías municipales en el caso de Iguala, las fuerzas armadas en el caso de los estudiantes del Tec de Monterrey y Tlatlaya, el crimen organizado en los casos de Villas de Salvárcar y recientemente en Cuernavaca, Morelos, por citar apenas algunos ejemplos.

Hoy, mientras verificaba fechas, datos y lugares para escribir esta columna, Tamaulipas estallaba en llamas, sin que los gobiernos federal o el estatal atinaran a balbucear alguna explicación seria. Y todo sucede prácticamente en toda la geografía nacional, con involucramiento de todos los ámbitos de gobierno y con responsabilidades, si usted quiere diferenciadas, pero atribuibles a todas las fuerzas políticas

Sumado a la irritación, los hechos de Apatzingán me calan porque nuevamente dan cuenta de que el fenómeno de la violencia nos ha rebasado. Que los paradigmas y referentes de análisis se han quedado cortos, por no decir que frente a lo que vivimos en ocasiones resultan ridículos. Me calan porque creo que estamos lejos de asimilar el transtorno que vive nuestra sociedad, porque la normalidad (lo que sea que signifique) está simplemente rota, despedazada.

Y así, el reportaje “Fueron los federales” me recuerda que –si nos tomamos realmente esto en serio- aunque el camino es largo, requiere de algo básico: empezar reconociendo que la violencia que se vivió en Apatzingán no es ni reciente, ni aislada, pero sobre todo, no es normal.
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